Sobre amistad


Nunca hubiera imaginado que mi vida será así.

Años atrás había decidido que no volveré a hacer mi trabajo. Me quería alejar de aquello en lo que se había convertido el periodismo.

Jamás hubiera creído que volveré a profesar en un país de adopción, a tantos kilómetros lejos del país donde nací, donde estudié, donde puse las bases de lo que soy. Ni por asombro hubiera imaginado que llegaría a expresarme en otro idioma que no sea el que aprendí de pequeña.

La imaginación no me llevaba tan lejos como para verme gritando a pleno pulmón, junto a mis hijos y a la otra gente que estaba en el andén, en una estación de metro, “¡Viva!”, en respuesta al grito de otros “¡Viva España! ¡Viva El Rey!”, en un 12 de Octubre, Día de la Hispanidad. Aquellos gritos eran, más bien, como un gesto de auto conservación, de resistir a los asaltos sin parar de algunos y otros que quieren imponer o moldear un modo “nuevo”, pero que es igual de viejo como la historia, a veces por la fuerza, en otras ocasiones insinuándose como una serpiente que no oyes venir.

Por suerte, tengo la ventaja de haber tenido profesores maravillosos que me enseñaron a pensar sin prejuicios. Supongo que por esto he dado todos los beneficios de la duda a muchos, a pesar de ver la dirección en la que se encaminaban.

A lo mejor con veinte años no comprendes la profundidad de algunos conceptos, de las nociones que aprendes. Y puede pasar no por tener alguna limitación intelectual, sino por falta de experiencia de vida. Luego, con el paso de los años, si tienes una mirada clara, abierta, y una mente inquieta que se pregunta siempre sobre el “porqué” de las cosas que pasan alrededor, accedes a entender hasta las más oscuras respuestas.

La verdad es que al inicio de este entendimiento se te ponen los pelos de punta. Te entran unas ganas terribles de esconderte, como para garantizar la propia supervivencia como ser humano. Pasas después al estado agitado de “esto no, no puede ser” y te das cuenta de que sí, es lo que realmente pasa, es lo que hay.

Te cuesta unos malos días, peores noches aún, cuando no puedes ocupar tu mente con cosas de rutina diaria, sino con el silencio atronador de las almohadas, con el aire entrando por alguna ventana abierta en la oscuridad, para fumar un cigarro, dado que no consigues conciliar el sueño.

Lo siguiente es tranquilizarte, helar tu sangre y tu mente para darte cuenta qué es lo que puedes hacer.

Vuelven a pasarte por la mente todos los días cuando, al caer la noche, una abuela con tan solo unas cuantas clases primarias, te pregunta si quieres acompañarla al mirar los informativos en la tele. Y así, creces en tiempos oscuros, de dictadura comunista, viendo no tanto los himnos de alabanza al “querido líder” (Ceausescu), sino abriéndose el mundo, delante de tus ojos de niña. Con ocho, nueve años no te enteras tanto de quiénes son los que ves aterrizando en un aeropuerto, pero sí te enteras de que existe vida más allá de las fronteras cerradas de tu país.

Recuerdas las noches cuando escuchas en volumen muy bajo, mientras cenas, en una radio antigua, las programas de “Europa Libre” y “La Voz de América”, con una oreja puesta en los ruidos que llegaban desde fuera de casa, para apagar la radio y cambiar la frecuencia en banda con la de otra cadena,  por si alguien venía de manera imprevista y te pillaba escuchando unas cadenas prohibidas. Para quien no lo sabe, eran radios que emitían en la Europa del Este, antes de la caída del comunismo con del Muro de Berlín, en 1989, en cada uno de los idiomas de los países que se habían quedado atrapados detrás del Muro y cuyos locutores solían ser personalidades de alto nivel cultural y profesional que se habían escapado de aquellos guetos en cuales se habían convertido sus países. Por aquellas noticias que escuchábamos ocultos, llegamos a nombrar a un cochinillo Popieluszko, por aquel cura polaco Jerzy Popieluszko, y cuyo nombre no puedes decir en el jardín de tu casa, para que nadie se entere de lo que escuchas. Y para poder tener al cerdito, tienes que hacer viajes nocturnos, en pueblos lejanos, emborrachar al pobre animal para que no haga ruidos en el tren, de vuelta a tu casa. Todo esto nada más que para que no se enteren de que has tenido dinero para comprarlo y de que alguien cría animales que luego vende para sí mismo y no para el beneficio del partido único. Te enteras de que existe Vaclav Havel y el Sindicato Solidaridad (nada que ver con los sindicatos de hoy) y que en el país de las maravillas en cual vives, hay personas, y no cualesquiera, que están en arresto a domicilio (los afortunados) o peor, en prisiones cuyos nombres sería mejor no saber, o si los conoces, mejor que jamás se te escapen por la boca.

Tantos, tantos recuerdos así.

Lo mejor que te queda es volver a lo que mejor sabes, a lo que has aprendido: escribir.

A pesar de que lo han hecho otros, antes;  a pesar de que las cosas y la historia parece que estamos condenados a repetirla. O justo por esto, para que no llegue a repetirse.

 La mejor razón para volver a mi profesión: para que mis hijos no sepan qué es hacer colas, a las tres de la mañana, a quince grados bajo cero o cuarenta grados en verano, para comprar una mortadela a base de soja, unas carcasas de pollo para preparar comida, que hoy en día la gente compra para los perros o los gatos; comprar unas pocas botellas de leche o unos cuantos tarros con yogur para varios días, un “café” que era básicamente un sucedáneo a base de garbanzos tostados y molidos. ¡Y ni hablar de juguetes! Si tenías una muñeca, ya estabas entre los niños privilegiados. Así, con todo.

Por esto vuelvo como freelancer, no para minutos de gloria (aquel ya célebre “minuto” fue porque la madre de una muy buena amiga había fallecido y no había modo de dar con ella para ver si necesita ayuda; todavía tiene la “buena costumbre” de no coger el teléfono, ni para bien, ni para mal – sobre amistad aprendes, también, con los años).

 Escribiré a mi ritmo, sobre todas aquellas cosas sobre cuales no se habla o se habla de aquella manera, como la oruga cuando la tocas.

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